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Ubicada en el Parque Cultural El Tranque, contiguo al Centro Cultural El Tranque, en Lo Barnechea, la escultura de Cristián Salineros, «Plegar el Paisaje», emerge con sus 14 metros de alto, por 5 y 6 metros de ancho con todo el esplendor que sus materiales, acero y acero inoxidable tipo espejo, pueden otorgar gracias a la luminosidad de su entorno semicordillerano

Una obra cuyo desarrollo se extendió por casi tres años y que fue instalada en dicho lugar en 2019 gracias a un convenio con la Municipalidad local con su autor, Cristián Alberto Salineros, quien reflexiona en las siguientes líneas sobre los aspectos ontológicos y metodológicos que subyacen respecto de la creación visible.

Cuando pienso en el espacio, no puedo dejar de reflexionar como es que se hace presente ante nosotros…¿Existe ese espacio antes de nosotros? o ¿lo construimos en la medida que existimos en él o con él?, y si el espacio se encuentra en ese preámbulo, casi crepuscular, ¿Cuáles son las formas o acciones que deben realizarse para que finalmente aparezca, para que exista?

No es un asunto simple, pues no creo que se resuelva solo poniendo algo en un lugar, para que ese espacio aparezca.

La concepción que tengo del espacio es que éste es posible solo en la medida en que la cosa, las cosas o las acciones que en él habitan, están incluidas con una lógica sistémica u orgánica que posibilita la existencia de una totalidad, una que no desmembrable, ni separable. Mi vida es un poco así, en donde las cosas deben encajar de alguna forma para constituir una unidad sensible, emocional y escultórica. Espacial.

Cuando pienso en un proyecto, reflexiono sobre un espacio y cómo me relaciono con él, o cómo nos relacionamos con él, intentando que, efectivamente, el espacio forme parte de mi vida. Por tanto, debo hacerlo “encajar” en esa unidad sistémica, orgánica y sensible.

Mi obra se ha ido construyendo a partir de lo aprendido, de las cosas que he realizado. Esas experiencias han ido conformando un lenguaje visual. Pero no menos importante es que mi manera de hablar desde las artes visuales -o desde la escultura si se quiere- también es producto de mis recuerdos, de mi relación con el mundo, las cosas, los materiales, las personas, el paisaje y la profunda filiación que siento con este concepto en toda su amplitud.

Cuando la Municipalidad de Lo Barnechea me invito a realizar este proyecto, una de las primeras aproximaciones que tuve con él fue saber cual sería el espacio que se propondrían para su emplazamiento. Fui varias veces al lugar. En una de esas ocasiones baje al lecho del río y observé la relación que había entre montaña y río, uno de carácter vertical y el otro de carácter horizontal, conectados y dependientes, como vínculo umbilical. Estuve un buen rato, recogí piedras y recordé que cuando pequeño, junto a mi padre, buscábamos piedras y jugábamos a hacer “patitos”, ya fuese en ríos, en playas junto al mar o en algún lago. Podíamos pasar horas descubriendo la mejor piedra, la que diera mas saltos sobre el agua. Quizás por eso me puse a recoger piedras. Inconscientemente las sostuve en mis manos pensando en encontrar esa relación entre escultura, espacio, paisaje y recuerdos. A veces pienso que mi trabajo se nutre de instrucciones ajenas, dadas por aprendizajes anteriores, por cosas que he visto y que he hecho, instrucciones que han ido alfabetizando mi lenguaje visual.

De las muchas piedras, fui seleccionando (como lo hacia con mi padre) la que, pensaba, contenía la forma que ajustaría de mejor manera con el espacio y que sería capaz de dar cuenta de él, tal como cuando elegía la piedra que daría mas saltos sobre el agua. Recuerdo, incluso, que en ocasiones cuando niño buscaba piedras aún cuando no estuvieran cerca de un lugar con agua y las guardaba. Sabía que, en algún momento, saldría con mi padre a algún “lugar” y tendría la oportunidad de lanzarlas sobre la superficie del agua para que encontrara su lugar mas apropiado.

Modele las piedras, dibuje las piedras, dibuje sobre ellas facetas y estructuras lineales como tratando de dar con un esqueleto, o encontrar la manera de entender su forma, de aprenderla; los dibujos y bocetos eran intentos de eso, de pensar cómo esta forma pétrea, con una existencia concreta, se transformaría en una idea visual inexistente, desde lo concreto ahora, hacia un estado futuro. Pero lo único que logré sacar de ellas fueron dibujos exteriores. Parecían impenetrables hasta que en uno de esos bocetos logré apreciar una especie de exoesqueleto, una gráfica estructural que podía representar la forma y que además me permitiría plegar su superficie, jugar sobre ella…

De alguna manera había una referencia al recuerdo de como lo hacían las piedras sobre la superficie del agua, en donde el tenso reflejo de la superficie se veía interrumpido y reinterpretado por los saltos que la piedra daba, desdibujando el reflejo y construyendo una nueva realidad.

Plegar el Paisaje no es solo un asunto de la superficie. En la medida que la superficie existe, surge algo en lo profundo. Es una relación, como el río y la montaña. La obra a través de este viaje de mas de tres años se ha cuestionado en su concepción, realización y montaje, llevándome a pensar que inconscientemente el trabajo no solo se resuelve por su superficie. Es solo un aspecto y, aparentemente, la manera inicial de relacionarse con el espacio. El tiempo y los acontecimientos han hecho que la obra tenga un peso específico, un grado de autonomía que supera su apariencia y que en otros proyectos no había encontrado.

Plegar el Paisaje comenzó a propósito de un lugar específico y de la relación a establecer con él. Sin embargo, y luego de deambular por varios lugares de la comuna, entendí que esta obra contenía su propio espacio y era capaz de establecer relaciones con cualquier lugar. Es una obra que habla muchos idiomas y que, por tanto, se comunica muy bien con diversos emplazamientos.

Este tiempo de la obra deambulando en busca de su lugar permitió, de alguna manera, -como en su momento los dibujos- dar un paso atrás. Detenerse para entender y contemplar aquellas cosas que todavía no eran parte la obra, pero que paradójicamente existían en ella, como su propia condición espacial y la independencia física de lugar específico. Si bien ha sido un largo viaje, pienso que el recorrido es mas importante que el destino mismo. Agradezco ese tiempo, agradezco esa pérdida  transformada en ganancia.

Fotografías de Benjamín Matte

El encuentro con el lugar

Es raro buscar un lugar para instalar algo, sin que ese algo realmente exista. Desde esa perspectiva, la búsqueda del lugar siempre fue una utopía. Probablemente nunca hubo un lugar que encontrar en la medida que no había obra física que instalar. Había una idea, maquetas y cientos de dibujos, por tanto infinitos lugares que encontrar; o tal vez, ninguno.

Recuerdo que cuando niño íbamos con mi familia de paseo aunque sin planificar lugar. Cuando le preguntaba a mi padre a donde íbamos, el respondía: “a Penjamón…” pero, ¿Dónde es eso? o ¿Qué es eso? preguntaba yo; y el respondía: “es un lugar y para allá vamos…”. Al parecer, solo por el hecho de mencionarlo el lugar emergía. De hecho sigo creyendo que existe. Pienso que quizás Penjamón es el lugar que le corresponde a esta escultura.

Mi padre vio mis dibujos, vio mis maquetas y le comenté como quería materializar la obra. Además, para mi esas conversaciones eran fundamentales, ya que mi padre es Ingeniero Metalúrgico y nato constructor de cosas, un homo faber por excelencia. Él alucinaba con la posibilidad de esta compleja estructura, de geometría imprecisa y llena de especulaciones técnicas y estructurales. Vio, opinó, intentó entender y se fascinó al conocer las primeras maquetas. Siempre me preguntaba como iba el proyecto de Lo Barnechea… No lo vio terminado, pero sé que se lo imaginó mejor de lo que realmente es.

Creo que el ser humano nunca es mas ser humano que cuando construye cosas.

Quiero pensar que el parque donde se instala la obra es mi propio Penjamón, o nuestro Penjamón. Sé que la obra no tendrá inconvenientes en habitar ahí. Es una obra que sabe escuchar y acoger sobre ella el contexto, replicando su entorno, comunicándose con él y estableciendo una relación. La obra pareciera tener la necesidad de establecerse en un lugar para saber que lenguaje hablar, plegando sobre si misma el paisaje; construyendo por momentos una nueva realidad, como la piedra brincando sobre la superficie del agua.

Es un encuentro feliz. La obra encontró su lugar y un lugar nació al encontrar una obra. Es como si ella dijera: “soy como tu me ves y tu eres como tu me ves. Por lo tanto pertenezco a este lugar, a tu lugar, a nuestro lugar”.

Boceto de «Plegar el Paisaje»

Sobre el autor

Su autor, Cristián Alberto Salineros Fillat, nació el 16 de octubre de 1969 en Santiago. Estudió Licenciatura en Arte, mención escultura en la Universidad Arcis; recibió lecciones particulares del escultor Osvaldo Peña y estudió técnicas del grabado en el taller de Artes Visuales TAV, realizando estudios de posgrado en la Kunstakademie Dusseldorf, Alemania, entre 2003 y 2005 gracias a una beca DAAD Academic Interchange Scholarship y en donde desarroló proyectos bajo la tutoría de Daniel Buren, Magdalena Jetelovà y Rita McBride

Ha mostrado su trabajo individualmente y en exposiciones colectivas tanto en Chile como en el extranjero. Entre estas destacan las exposiciones individuales en Göttingen Kunstverein, Alemania; en la Joachim Gallery de Berlín, Alemania; en Galería 713 Arte Contemporáneo, Buenos Aires, Argentina; Riffe Gallery, Ohio, EE. UU .; Museo de Arte Contemporáneo de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia; Museo DKM, Alemania; Galería Patricia Ready, Chile; galería El Museo, Bogotá, Colombia; SP Arte Sao Paulo, Brasil y NC-Arte, Bogotá Colombia; residencias artísticas, en el Museo de Arte Mosam en Corea del Sur, y en la residencia del Museo de Arte Moderno en Chiloé, Chile. Es profesor de escultura de la Universidad Arcis desde 1993; de la Universidad UNIACC entre 2003 y 2004; miembro del consejo superior de la carrera de Artes Visuales de la Universidad Mayor entre 2003 y 2008 y es director del Programa Internacional de Artistas Invitados de la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile.

Entre otros premios, recibió el premio Altazor en 2003; primer premio del concurso de escultura de la Fundación Telefónica; segundo premio en el Deutsche Bank Förderpreis für Skulptur (Alemania), y primer premio del MOP. Ha participado en la bienal de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia y en la Bienal de Paiz de la ciudad de Guatemala en Guatemala. Su obra se puede encontrar en colecciones públicas y privadas en Chile y en el extranjero

Cristián Salineros