Skip to main content

Llevan años. Uno frente al otro. No importa el caos citadino de su alrededor. El taco o el ajetreo peatonal. Ellos, impregnados de calma, se miran y parecen conversar. Ella le muestra una caracola marina y él observa atentamente.

Neptuno (o su símil griego Poseidón, dios del mar) y Anfitrite  (ninfa marina de la antigua Grecia) descansan sentados, tomando un baño semidesnudos, en medio de la Avenida José Miguel de la Barra, en el barrio Bellas Artes, frente a la salida norte del cerro Santa Lucía.

Allí se encuentran desde los inicios de los años 2000, aun cuando su origen remonta a 1873 en la famosa fundición francesa de Val d’Osne.  ¿Su primer destino?  El Parque Cousiño, actual O’Higgins, en el costado oriente de la  laguna. Los constantes daños causados por transeúntes, que incluso arrancaron un pie a Neptuno, provocaron su traslados al barrio Bellas Artes.

Según el mito, Neptuno se enamoró perdidamente de una ninfa marina o nereida, llamada Anfitrite o Salacia, a quien descubrió un día bailando desnuda. La sedujo y le pidió compromiso, pero ella se negó. Entonces, intercedió en favor de Neptuno un delfín, logrando convencer a Anfitrite. Desde entonces, existe en el cielo, como gratitud del dios a su cómplice amoroso, la constelación de Dolphinus. Es decir, la del Delfín.

Hay muchas representaciones de la pareja, la versión junto al Santa Lucía corresponde al artista Mathurin Moreau, escultor francés nacido en Dijón en 1822, que llegó a ser alcalde del XIX Distrito de París. Según la placa que acompaña el conjunto quien compró las estatuas y las lego a la ciudad fue Matías Cousiño, aunque hay quienes señalan a su hijo, Luis Cousiño, como el verdadero donador de la obra.