“¡Nueve meses de trabajo constante y pesado! ¡Nueve meses (curiosamente, los mismos de la gestación humana) cada día pintando en él y borrando y haciendo estudios y volviendo a destruir! La Masía fue el resumen de toda mi vida (espiritual y poética) en el campo”.
Así comienza Joan Miró i Ferrá (1893-1983) la descripción de la experiencia emocional y física de la pintura de uno de sus cuadros más famosos, “La Masía”, que es como llaman en Cataluña y Aragón a una casa de campo con tierras de labor, cuyo origen se remonta a las antigua villas romanas. Realizado entre 1921 y 1922 en oleo, a sus 29 años, constituye una especie de inventario de la masía que poseía su familia desde 1910, en la población de Montroig. James J. Sweeney la considera como “obra clave del desarrollo posterior del artista”.
Miró, pintor, escultor, grabador y ceramista español, reflejaba su interés en el subconsciente, en lo prístino e “infantil”; y en la cultura y tradiciones de Cataluña. Aunque se le asocia al arte abstracto dado su más conocido estilo maduro de formas estilizadas e imaginarias, el artista se inició en la figuración, con fuertes influencias fauvistas, cubistas y expresionistas, siguiendo a una pintura plana con cierto toque naïf, como lo es el de “La Masía”.
Relevando su detallismo, así como su esfuerzo por conservar lo nacional, Miró añade “Desde un gran árbol a un pequeño caracolillo, quise poner todo lo que yo quería en el campo. Creo que es insensato dar más valor a una montaña que a una hormiga (y esto los paisajistas no lo saben ver) y por eso no dudaba de pasarme horas y horas para dar vida a la hormiga. Durante los nueve meses que trabajé en La Masía trabajaba siete u ocho horas diarias. Sufría terriblemente, bárbaramente, como un condenado. Borraba mucho. Y empezaba a deshacerme de influencias extranjeras para ponerme en contacto con Cataluña.[…]”
Sin embargo, a partir de su estancia en París, su obra se vuelve más onírica, coincidiendo con los surrealistas e integrándose a este movimiento, aunque siempre tras la búsqueda de un arte puro, espontáneo, natural, que abandona todo método convencional de pintura, amenazando, incluso, con “matarlos, asesinarlos o violarlos”, para favorecer una forma de expresión que fuese contemporánea, sin doblegarse a exigencias y estética, ni siquiera con los compromisos hacia los surrealistas.
“En París, al ponerme a trabajar de nuevo en el cuadro -recuerda el artista- comprendí enseguida que había algo que no funcionaba […] no podía pintar las hierbas de Montroig a partir de las del bosque de Boulogne, y, para poder continuar el cuadro acabé pidiendo que me enviasen hierbas auténticas de Montroig dentro de un sobre. Llegaron todas secas, claro. Pero al menos, gracias a estas flores, pude continuar el trabajo. […] Cuando la terminé … no había manera de que ningún marchante se quedara con La Masía ni que quisiera mirársela. Escribí a mucha gente y nada. Plandiura, a quien también se la ofrecí, no quiso saber nada. Finalmente, Rosenberg, seguramente por compromiso con Picasso, aceptó tenerla en depósito en su casa […] y se la dejé un puñado de tiempo […] me hizo esta proposición: “Ya sabéis que en París actualmente la gente habita cámaras pequeñas y cada día más, debido a la crisis que se pasa […]. Bien, pues,¿ por qué no hacemos algo? Podríamos hacer en ocho pedazos esta tela y venderla al por menor …”. Rosenberg hablaba en serio. Al cabo de un par de meses retiré esta tela de casa de Rosenberg y me la llevé al taller, conviviendo con ella en plena miseria”.

«La Masía» en la National Gallery of Art, Washington D. C., donde fue donada por Mary Hemingway en 1987 (junto a E. Hemingway)

Reproducción de un detalle de «La Masía» en una estación del Metro de Barcelona.
La relación mítica mantenida por Miró con la tierra, se expresa en este cuadro, en el grafismo de carácter ingenuo y realista, los animales domésticos, vegetales que el hombre trabaja y objetos de uso diario y necesarios para el hombre. Estudia todos los detalles al mínimo, es lo que se llama “caligrafía mironiana” empleada por el artista en otras pinturas como Mont-roig, la iglesia y el pueblo (1919), Retrato de niña (1918) o Huerto con asno (1918), punto de partida todas ellas para los siguientes años de su contacto con el surrealismo.
La Masía está conservada en la National Gallery of Art, Washington D. C., donde fue donada por Mary Hemingway en 1987. El edificio mismo de la masía perteneciente a la familia Miró, está declarado Bien de Interés Cultural desde el 2006. Según declaraciones del nieto del artista, Emili Fernández Miró, tanto la Fundació de Barcelona como la familia cederán obras originales. “La masía está repleta de grafitis, que mi abuelo utilizaba como borradores para sus obras […] queremos que sea un museo vivo. Iremos dotándolo con obras en rotación”.

