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Nacida en 1987 en Osaka, Japón, sus objetos de arte parecen reales. Con frágil delicadeza, sus manos crean nuevas formas que pudieran haber tenido vida, pero que han sido imaginadas y diseñadas en un estudio de París.

Kaori Kurihara estudió en la Universidad Seika en Kioto, entre el 2006 y el 2010 y continuó sus estudios en Francia, entre 2012 y 2014 en la Afedap Formations Bijou Ecole de joyas contemporáneas donde recibió su diploma en bijouterie.

Casi como en estado de éxtasis creativo, Kurihara relata que «Escucho su voz que viene de arriba. Empiezo a trabajar, escucho su voz y así es como surgen». Sus curadores informan que el propio estudio de Kaori en París emana tranquilidad y sus ventanas altas arrojan luz sobre su banco de trabajo lleno de herramientas. Sus estantes están plenos de macetas de esmaltes y óxidos, mientras un par de grandes esculturas esperan en plástico hasta estar listas para entrar al horno.

Ella necesita todo el tiempo que tiene. Su trabajo exige tiempo, por lo que su producción es baja, pues cada pieza está construida completamente a mano y ensamblada con delicada precisión. De allí su refinamiento y lujo. Sin embargo, Kaori explica que todas sus piezas están hechas con arcilla fina «normal», con la que finalmente prefiere trabajar. Así, tras crear la forma definitiva, inicia su coloreo, lo que, a menudo, sucede en varias fases, cuando un objeto debe volver al horno para consolidar colores y combinaciones que solo se logran con muchos tonos naturales

Sus frutos imaginarios se presentaron por primera vez cuando estudiaba cerámica en Kioto. Pero solo tras graduarse y mudarse a París, fue en Europa, donde libre de las ideas japonesas tradicionales sobre la cerámica como artículos para el hogar, pudo dejar volar su imaginación.

Recién graduada, recibió el  Prix de la Jeune Création Métiers d’Art des Ateliers d’Art de France. en 2015, un importante premio nacional para jóvenes artistas talentosos y en 2016 abrió su propio estudio en París. Desde entonces, el arte de Kaori ha ido ascendiendo tanto en Francia como en el extranjero. Ha expuesto, entre otros, en el Grand Palais de París, y en Bruselas, Londres, Estrasburgo, Sevres y Suiza. Después de Amstelveen y Nueva York, aunque su baja producción, dificulta la realización de muestras. Kaori ha debido crear una serie de obras nuevas exclusivamente para la exhibición de ventas en galería Kunstconsult.

En la página web de la citada galería, Kaori se reconoce fascinada por la geometría y la repetición de formas en la naturaleza. En el mundo botánico, nada es nunca igual. El conjunto de irregularidades es a sus ojos «perfectamente imperfecto», un pensamiento que encaja con la cultura japonesa wabi-sabi que gira en torno a la belleza de lo imperfecto. Busca un equilibrio entre la realidad y la fantasía. «Hablar» con su alma también proviene de la cultura japonesa wabi-sabi. Kaori no hace bocetos, no piensa en nada de antemano, sigue su flujo. Mientras está trabajando en un objeto, no sabe cómo se verá. Solo cuando está terminado reconoce: «Eso es lo que es».

Una destacada coleccionista de arte francesa dijo de su obra: «Cada vez que vuelves a mirar, ves nuevos detalles. La luz juega con ella: cuando cambia la luz de la habitación, cambian sus colores Es como si estuvieran vivos. Puedes observarlos durante mucho tiempo sin perder la atención. Cambian cada segundo. Están  vivos”.

Kaori Kurihara hace referencia mental a productos botánicos familiares como el durian, una fruta puntiaguda, comúnmente encontrada en las regiones del sudeste asiático, que es conocida por su apestoso olor y su sabor distintivo, la coliflor y los plátanos, al tiempo que mantiene un elemento de sorpresa de otro mundo. La artista agrega detalles orgánicos como frondas articuladas, piel rayada u hoyuelos a mano, mientras trabaja en parte con su imaginación. “Tengo el profundo deseo de concretar los frutos representados en mi mente y poder contemplarlos a través de mis propios ojos”, comparte.

A pesar de la intrincada arquitectura de sus piezas de cerámica, Kurihara admite que el paso más largo del proceso es decidir qué pigmentos de colores usará para decorar sus creaciones. Aunque revela que “la propia pieza me guía hacia sus colores”.