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Pocas imágenes resultan tan universales como los vibrantes girasoles de Vincent van Gogh. Estas flores, que el pintor reivindicó como propias –“el girasol es mío”, escribió en una carta–, no solo marcaron su identidad artística, sino que se convirtieron en un emblema de creatividad, amistad y deseo de trascendencia.

Van Gogh dedicó 11 lienzos a los girasoles, pintados en tres etapas entre 1887 y 1889, en París y en Arlés. Concebidos como experimentos cromáticos, especialmente con los tonos de amarillo, también tenían un propósito íntimo: decorar la casa donde recibiría a Paul Gauguin, el colega con quien soñaba compartir una hermandad artística. Sin embargo, aquel ideal se truncó y el pintor murió sin haber alcanzado el reconocimiento en vida.

El destino de sus girasoles fue muy distinto. A comienzos del siglo XX se transformaron en piezas de culto, inspirando a escritores y críticos como Katherine Mansfield y Roger Fry, y consolidando al artista neerlandés como figura clave de la historia del arte.

Hoy, su legado sigue vivo. La Royal Academy of Arts de Londres dedica la exposición Kiefer/Van Gogh a explorar cómo sus girasoles dialogan con la obra del alemán Anselm Kiefer. Entre las piezas centrales destaca Dánae, escultura en la que un girasol surge de una pila de libros, símbolo de la renovación a partir de la memoria. Otras obras muestran la flor brotando de cuerpos humanos, evocando el ciclo de la vida, la muerte y la regeneración.

El curador Julien Domercq recuerda que para Van Gogh, el girasol representaba “su idea del Sur”, un símbolo de luz, vitalidad y también de fugacidad. En la tradición holandesa, además, la flor era una meditación sobre el paso del tiempo: desde su frescura radiante hasta su inevitable marchitez.

El simbolismo del girasol, nacido tras su llegada a Europa en el siglo XVI, ha oscilado entre la devoción amorosa, la fidelidad religiosa y la metáfora artística. Desde Anthony van Dyck hasta Ai Weiwei, pasando por Van Gogh y Kiefer, la flor se ha mantenido como un espejo de las inquietudes humanas: la búsqueda de amor, trascendencia, fe y conexión con lo eterno.

Los girasoles, en definitiva, siguen recordándonos que la belleza más intensa es también la más efímera, y que cada verano su breve esplendor nos invita a mirar, como ellos, hacia la luz. (ArtPost/ChatGPT/BBC Mundo)