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Pedro Gandolfo

Este año se cumple el centenario del nacimiento del gran artista vasco (1924-2002). Una efeméride que ha dado ocasión a numerosos actos de conmemoración desde columnas y artículos de prensa, pasando por seminarios, investigaciones y exposiciones. En Santiago, en el Centro de Extensión de la Universidad Católica, el lector encontrará una muestra que vale la pena visitar.

La obra de Eduardo Chillida ha sido objeto de un reconocimiento internacional que el propio artista recibió en vida: sus esculturas están emplazadas en diversas localizaciones en todos los continentes, expuestas en los principales museos y fue galardonado con todos los premios que es dable imaginar.

Chillida fue un artista reflexivo y se detuvo a pensar en profundidad la escultura, pensamiento complejo en que juegan las nociones de espacio, límite y vacío. Precisamente, en 1968 se organizó en Suiza un encuentro con el filósofo Martin Heidegger del cual resultó una colaboración en la que Chillida ilustró una conferencia del pensador alemán acerca del arte y el espacio. Un fragmento de esa colaboración se halla expuesto en la muestra de Santiago. Desde ese encuentro, el pensamiento de Chillida, que había llegado de manera independiente a soluciones semejantes a las del filósofo, se vio fuertemente influenciado por este. Se puede decir que la obra del artista vasco es la encarnación plástica de la filosofía del arte de Heidegger.

“…No soy un filósofo —dirá— pero tengo muchos amigos filósofos y he visto que estas personas tienen algo especial. Quieren saber lo que no saben. Y yo lo soy de la misma manera. Soy cercano a los filósofos, aunque trabajo con medios distintos y de una manera absolutamente diferente”. Y añade, socráticamente: “Las preguntas, las cosas que no sé, son la base de mi obra y de mi vida”.

La exposición de Santiago es música de cámara. A una escala menor y en un espacio privado, Chillida pone en evidencia las mismas búsquedas que aparecen en sus obras monumentales más conocidas.

Sorprenden por su enorme delicadeza y armonía la serie de “gravitaciones”. Carmiña Dovale, experta en Chillida, explica que no son dibujos ni collages, sino relieves en papel. Para su realización, Chillida parte de papeles superpuestos que recorta, une y suspende de la pared a poquísima distancia de esta. Son de formato pequeño, como un libro de mediano tamaño. “Los papeles no se colan, sino que están firmemente cosidos por un hilo y suspendidos por este, de modo que sus sutiles masas interrelacionan, ‘gravitan’, entre sí. Son piezas de gran delicadeza en las que a veces introduce tinta y otras juega simplemente con los límites de los papeles y los juegos de luces y sombras que estos producen”.

Un acercamiento hermoso a la obra de un artista fundamental del siglo XX. (El Mercurio)