El reciente asalto al Museo del Louvre de París, donde cuatro ladrones sustrajeron joyas históricas francesas de valor inestimable, incluyendo tiaras, broches y collares de la época de Napoleón III, ha conmocionado al mundo, sumándose a una preocupante lista de robos de alto impacto. Aunque los delincuentes perdieron la corona de la emperatriz Eugenia durante la huida, el resto del botín –que incluye valiosas piezas como el collar y los pendientes de la emperatriz María Amelía– sigue sin rastro. Este crimen en el Louvre subraya una tendencia creciente en Europa, donde joyas y metales preciosos se han convertido en el objetivo prioritario del crimen organizado debido a su facilidad para ser monetizados, a pesar de la dificultad inherente de vender obras de arte tradicionales, según expertos internacionales.
El asalto en París actualiza la amenaza de las estructuras criminales profesionales, ejemplificada por los espectaculares robos protagonizados por el clan Remmo de origen árabe en Alemania. Dicho clan fue responsable del audaz robo de la Bóveda Verde en Dresde en 2019, donde dos enmascarados usaron un hacha para llevarse 21 piezas de joyería con unos 4.300 diamantes valoradas en más de 116 millones de euros. Aunque parte del botín fue recuperado en 2022 tras las confesiones de los implicados, muchas joyas siguen desaparecidas, demostrando cómo estas estructuras de clanes han convertido el robo de arte en un «negocio profesional: organizado, preciso y sin escrúpulos».
El mismo clan Remmo estuvo detrás del incidente de 2017 en el Museo Bode de Berlín, donde robaron la gigantesca moneda de oro «Hoja de Arce» de 100 kilogramos. Su valor material inicial de 3,75 millones de euros (cercano a los 12 millones al precio actual del oro) indica que el objetivo fue exclusivamente el lucro. En este tipo de casos, como la moneda del Bode, la alta probabilidad es que la pieza haya sido fundida y destruida para convertir el oro en dinero. Tim Carpenter, exdirector de la unidad de delitos contra el arte del FBI y director de Argus Cultural Property Consultants, explica que si bien las joyas y metales preciosos pueden ser fundidos o desmontados –lo que representa una «trágica pérdida para el patrimonio cultural»–, son el blanco preferido de los ladrones porque permiten «sacar provecho del arte».
La lista de robos notorios incluye el caso del «hombre araña», Vjeran Tomic, quien en 2010 escaló el Musée d’Art Moderne de París para robar cinco obras maestras de Picasso, Matisse, Modigliani, Braque y Léger, valoradas en unos 100 millones de euros. Tomic afirmó haber actuado por encargo, y aunque fue detenido, las pinturas siguen desaparecidas, presumiblemente destruidas para eliminar pruebas. Estos casos, así como el legendario e irresuelto robo de 13 obras de arte del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston en 1990, valoradas en más de 500 millones de dólares y presuntamente en manos de la mafia, ilustran que, con las pinturas y obras de arte tradicionales, el mayor desafío no es el robo, sino la reventa, pues son «bien conocidas, están catalogadas y son difíciles de monetizar», según Carpenter.



A pesar de que las joyas son generalmente más fáciles de monetizar, Carpenter se muestra escéptico sobre la destrucción del botín del Louvre. Dada la extrema importancia e identificabilidad de las piezas de la historia francesa robadas, el experto sospecha que los autores «saben exactamente lo que tienen y las conservarán juntas como una colección», lo que ofrece una leve esperanza para la recuperación de estos inestimables tesoros. (ArtPost-DW)

